Un mes después del estallido de las movilizaciones contra el régimen en Irán, la apariencia de normalidad es engañosa. El levantamiento popular, catalizado por la crisis económica, fue reprimido con una fuerza inaudita, resultando en más de 6.000 fallecidos, según la organización de derechos humanos Hrana, la cual continúa investigando otros 17.000 casos sospechosos. La cifra de detenidos supera los 50.000, mientras las autoridades persisten en la persecución de cualquier disidencia. La represión ha afectado desde comerciantes que se unieron a las huelgas hasta médicos que atendieron a heridos durante las protestas, así como a aquellos que brindaron apoyo a las movilizaciones a través de las redes sociales.
Inicialmente, el Gobierno reconoció errores y ofreció una respuesta a las demandas sociales. Sin embargo, conforme las protestas se intensificaron, la narrativa oficial viró hacia la acusación de «terrorismo» contra los manifestantes, justificando así la mano dura en las calles. Imágenes verificadas de las protestas revelan el uso de camionetas de las fuerzas de seguridad para atropellar a manifestantes, así como militares armados disparando indiscriminadamente en áreas concurridas.
«Hemos fracasado», escribió en su blog el sociólogo reformista Mohammad Fazeli, reflejando la profunda crisis que atraviesa el país. «La historia de Irán quedará entrelazada por este acontecimiento durante décadas, sepultada bajo los escombros de esta catástrofe», señaló. La incertidumbre se ha apoderado del país, exacerbada por una situación económica aún más precaria que la que originó las protestas, con nuevos mínimos históricos para la moneda local. Ali Ansari, profesor de Historia Moderna de Oriente Próximo en la Universidad St Andrews en Escocia, señala: «El régimen ha sido mucho más violento porque cada vez está más paranoico, más preso del pánico. Muchas de las tropas de choque que emplearon en las calles son jóvenes, por lo que han sido más fáciles de adoctrinar». Ansari añade: «Creo que el régimen está llegando a un punto muerto y probablemente ni siquiera está pensando ni tiene un plan».
Las movilizaciones surgieron en un momento de particular vulnerabilidad para la República Islámica, marcado por la guerra con Israel del pasado verano, en la que el ejército hebreo descabezó, mediante bombardeos, a gran parte de la cúpula militar del país. A nivel regional, las milicias aliadas de Teherán también han sufrido golpes significativos en diversos conflictos durante los últimos tres años. Un profesor universitario iraní, quien prefirió permanecer en el anonimato, comenta: «Irán se encuentra en una situación frágil, tendrá que ceder a algunas reformas para una apertura del país o quizá veremos cambios internos en el régimen, pero no parece que haya grietas por ahora». Y prosigue: «No podemos olvidar que las protestas de enero las iniciaron los comerciantes, supone una ruptura en el país por un malestar que sigue allí, la economía sigue devastada. Por eso el régimen se tomó las protestas como una amenaza para su supervivencia».
Un mes después de las movilizaciones, la conexión a internet no ha sido restablecida en todo el país, mientras centenares de civiles continúan buscando a sus seres queridos, desaparecidos o detenidos durante las protestas. La persistencia de esta situación agrava la desconfianza y la sensación de opresión entre la población.
En el exilio, la oposición permanece profundamente dividida, aunque la figura de Reza Pahlavi -hijo del último sha- ha resurgido como una alternativa capaz de liderar una transición en el país. A pesar de las reiteradas amenazas de Donald Trump contra el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, no parece haber una disposición clara a apoyar una candidatura de Pahlavi. «Jamenei es muy mayor ya, eso lo sabe el régimen. Creo que si se producen grandes cambios, vendrán de dentro del aparato de seguridad estatal, a menos que nos impongan algo del exterior», señala el profesor universitario. Arshin Adib-Moghaddam, profesor en la universidad de SOAS en Londres, explica: «Las grietas en el sistema terminan cuando la legitimidad y la soberanía de todo el Estado están en juego. Esto se aplica a cualquier sistema de gobierno en el mundo».
Ansari, por su parte, cree que «hay algunas grietas (en el régimen) y veremos deserciones y cambios en las próximas semanas y meses». Añade que «actualmente, el régimen combina la negación de la situación actual con un esfuerzo concentrado para evitar el conflicto con EEUU, pero no le está saliendo bien». Los analistas consideran la posibilidad de cambios internos en el seno del régimen, incluyendo una transferencia de poder a mandos militares con el objetivo de evitar el colapso total del sistema. Fuentes de Reuters indican que Jamenei ha sido advertido de que el miedo ya no es un factor disuasorio para prevenir la escalada de la indignación pública en nuevas movilizaciones. El ayatolá también fue informado sobre el riesgo de que una intervención estadounidense pueda alentar a la sociedad a reanudar las protestas, infligiendo «daños irreparables al establishment político» o incluso precipitando el colapso del régimen.