Caibarién: crónica de un pueblo que se apaga por dentro.

Caibarién: crónica de un pueblo que se apaga por dentro.
Un pueblo costero de Cuba en desgaste silencioso y una población atrapada entre apagones, enfermedades, miedo y silencio forzado

Caibarién no se apaga de golpe.
Se apaga despacio.
Como se apagan las cosas que nadie puede salvar.

La luz viene quizás unas dos horas al día, y uno lo sabe antes de que ocurra. Se siente en el aire, en la costumbre, en ese silencio previo que ya se aprendió a reconocer. Nadie pregunta cuánto durará el apagón. Preguntar sería inútil. Las respuestas dejaron de existir hace tiempo.

Cuando todo queda a oscuras, el calor se vuelve más pesado, más íntimo. Se pega al cuerpo, a las paredes, a los pensamientos. Las casas se llenan de sombras largas y de una quietud extraña, rota solo por el ruido de una puerta, por un suspiro cansado, por el llanto breve de un niño que no entiende por qué no puede dormir.

En esos momentos, Caibarién parece contener la respiración.

Este fue un pueblo de pescadores.
Un pueblo de madrugadas saladas, de hombres y mujeres que salían antes del amanecer, con las manos curtidas y la esperanza justa. No había abundancia, pero había dignidad. El mar era duro, pero honesto. Daba lo que podía dar y no prometía más.

Hoy el mar sigue ahí, igual de inmenso, igual de indiferente. Pero el pueblo ya no es el mismo. Algo se ha ido rompiendo por dentro, lentamente, como se rompe lo que se estira demasiado tiempo.

Los apagones no solo apagan la luz. Apagan el ánimo. Apagan la paciencia. Apagan la fe en que mañana será distinto. Cocinar se vuelve una carrera contra el tiempo. Conservar comida es un riesgo diario. Dormir es un privilegio que no siempre llega.

Las enfermedades aparecen y se quedan. Algunas son nuevas, otras regresan, más fuertes. Faltan medicamentos, faltan insumos, faltan manos que puedan ayudar. Ir al hospital ya no tranquiliza. A veces asusta más. Porque uno entra con dolor y sale con dudas. O no sale.

Y aun así, la gente sigue.

En Caibarién se aprende a vivir tragándose cosas. Se traga el cansancio. Se traga la rabia. Se traga el odio.
No porque no exista, sino porque sacarlo puede costar caro.

En Caibarién, como en toda Cuba, hay palabras que se piensan pero no se dicen. Hay gritos que se quedan atrapados en el pecho. No por cobardía, sino por amor. Porque hablar puede significar perderlo todo. Porque una frase dicha en voz alta puede convertir a alguien en preso político, y entonces el sufrimiento ya no es solo tuyo, es de toda la familia.

Así que uno calla. Calla para proteger. Calla para sobrevivir.
Ese silencio no es paz.
Es miedo aprendido.

Hay días en que las personas quieren rendirse. No de forma dramática, no con gestos grandes. Rendirse en silencio. Dejar de esperar. Dejar de creer que algo va a cambiar. Porque vivir así —si es que a esto se le puede llamar vivir— desgasta más que cualquier trabajo físico.

Uno se levanta sin ganas, pero se levanta. No porque quiera, sino porque no hay alternativa. Se camina por inercia. Se sonríe por costumbre. Se hacen chistes en la oscuridad para no llorar. El humor se vuelve un mecanismo de defensa. Reírse para no romperse.

Mientras tanto, desde arriba, el discurso es otro. Se habla de resistencia, de sacrificio, de enemigos lejanos. Pero allí abajo, en las casas sin luz, la gente no piensa en ideologías ni en discursos. Piensa en cómo alimentar a sus hijos, en cómo pasar la noche, en cómo no enfermarse más.

Lo que pasa en Caibarién no es un caso aislado. Es un espejo. Cambian los nombres de los pueblos, cambian las calles, pero el cansancio es el mismo. Cuba se ha vuelto una isla donde la gente sobrevive a base de silencio, paciencia forzada y esperanza cada vez más frágil.

Hay noches en que todo queda tan quieto que uno puede escuchar sus propios pensamientos. Y eso da miedo. Porque en ese silencio aparecen las preguntas que no tienen respuesta:
¿Hasta cuándo?
¿Esto es todo?
¿En qué momento dejamos de vivir y empezamos solo a aguantar?

A veces, el mayor dolor no es el hambre ni el apagón. Es la sensación de estar atrapado. De amar un lugar que ya no te cuida. De querer quedarte, pero no poder vivir. De querer irte, pero no saber cómo. De sentir que cualquier decisión duele.

Caibarién sigue ahí. Un pueblo que se apaga.
No se ha ido.
No se ha rendido del todo.
Pero está cansada la que una vez fue La Villa Blanca.

El mar sigue mirando, indiferente, como testigo silencioso de un pueblo que aprendió a resistir sin aplausos, sin héroes. Solo gente común, haciendo lo imposible para llegar al día siguiente.

Esta no es una historia de guerra.
Es una historia de desgaste.
De una oscuridad que no siempre se ve, pero que se siente.
De un país donde cada día se apaga algo más que la luz.

Y aun así, la gente sigue respirando, caminando, esperando. No porque sea fácil.
Sino porque no queda otra.

Esta es la realidad. Esta es la crisis en Cuba

REDACTOR

Victor González Pérez

Director de Redacción en Axioma Cuba. Comunicador con una sólida trayectoria en la radio cubana (Caibarién, Villa Clara), donde se desempeñó como locutor, redactor y creador de programas. Su experiencia abarca desde la edición musical y la producción radial hasta la gestión logística empresarial. Actualmente, combina su pasión por la comunicación con el diseño web y la dirección editorial, liderando la estrategia de contenidos de Axioma Cuba.

4 Mensajes

  1. Está es la triste realidad de Cuba hoy, solo se escucha en todas las conversaciones HASTA CUANDO? Con la esperanza de despertar un día y que todo haya terminado.

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